Suscríbete Iniciar sesión
Volver

La vida, como la conocía, había cambiado

La Hora de Venezuela | 15 feb 2025 |
X
Inspira a un amigo
Recibir/dar ayuda
Sé también protagonista
Historias similares
Otras versiones:
Compartir

El protagonista de esta historia es uno de los tantos ciudadanos que la noche del 28 de julio de 2024 leyó a viva voz los resultados del centro electoral en el que había sido testigo. Lo grabaron. Y muy rápido la escena se viralizó en redes sociales. Al día siguiente, a su casa comenzaron a llegar carros sin placa: tomaban fotos, hacían videos. 

 

Era lunes pero no parecía lunes. El día había amanecido pesado, opaco, silente. Pocas personas rumbo al trabajo, poco tráfico. El país estaba envuelto en una resaca colectiva. Al filo de la medianoche anterior, el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunció el resultado de las elecciones presidenciales celebradas el domingo. Pero no hubo grandes celebraciones. No se escucharon fuegos artificiales estallando en el cielo, tampoco música a todo volumen. La gente tenía dudas. Y mucha expectativa.

Esa mañana de lunes 29 de julio, Alberto, un joven abogado de 31 años, notó que afuera de su casa estaba estacionado un carro pequeño, verde y sin placa. ¿De quién era? ¿Qué hacía ese vehículo ahí? ¿Alguien lo había visto antes? Haciéndose esas preguntas, se angustió.

Él había trabajado como testigo electoral en la jornada electoral del domingo. Era la 8va vez que cumplía ese rol en su centro de votación, ubicado en Paraguaná, estado Falcón, en el occidente venezolano. Pudo constatar, de primera mano, que el opositor Edmundo González superó a Nicolás Maduro por más de 800 votos. No era poca cosa. Se trataba de la primera vez que la oposición ganaba en ese centro. Nunca antes Alberto había visto llorar a los testigos del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), unos sorprendidos, otros tristes y otros tantos frustrados. Esa escena se le antojó un mal presagio para quienes llevaban más de dos décadas dirigiendo los destinos del país.

Al momento de la verificación ciudadana, Alberto estaba ahí y escuchó a la coordinadora del CNE en ese centro decir:

—No vamos a entregar las copias de las actas de escrutinio; es una orden de arriba.

Alberto tenía a mano la Ley Orgánica de Procesos Electorales, e interrumpió a la mujer para leerle, a viva voz, un artículo que contradecía esa “orden de arriba”. Los testigos de todos los partidos tienen derecho a quedarse con una copia del documento oficial. 

Como respuesta, la funcionaria optó por reproducir una nota de voz de WhatsApp: un hombre decía que no, que las copias de las actas electorales no debían ser entregadas. 

—Tú sabes muy bien que un audio no está por encima de la Ley —le respondió Alberto. 

El volumen de sus voces se fue elevando casi hasta los gritos. 

La sargenta del Plan República solo movía su cabeza de un lado a otro escuchando los argumentos de ambas partes. 

—Tienes dos opciones —insistió Alberto—: o me entregas las actas o yo digo allá afuera que aquí se está intentando cometer un fraude. 

La mujer del Plan República, entonces, lo tomó del brazo y le dijo: 

—Flaco, baja la voz, que aquí yo no quiero detener a nadie.

Los demás testigos comenzaron a agitarse. 

La algarabía se calmó cuando la coordinadora cedió. De mala manera, entregó las copias. Alberto, con toda la adrenalina que ya le consumía, se dispuso a leer los resultados en los alrededores del colegio, donde decenas de ciudadanos emocionados esperaban para conocerlos.

Lo grabaron. Desde distintos ángulos. Y en pocos minutos, esos videos se viralizaron en redes sociales: se contaban en miles las reproducciones de la escena. Alberto no estaba acostumbrado a semejante exposición, pero no le dio importancia. Sentía que, desde ese pueblo lejano de Venezuela, estaban aportando a una causa colectiva. Se dirigió a su casa con la sensación de placer de quien ha cumplido una tarea muy importante, y se sentó a esperar el anuncio de los resultados oficiales que, no dudaba, serían a favor de González Urrutia.

Mientras pasaban esas horas lentas, se comunicó con otros testigos, quienes le contaban que en sus centros habían vivido situaciones similares (a ellos tampoco les querían dar las actas), y habían constatado que había ganado González.

Cuando más tarde escuchó a Elvis Amoroso, presidente del CNE, declarando como ganador a Maduro, sintió indignación. Y también entendió “la orden de arriba”, el porqué de la negativa a entregar las actas.

Casi nadie —ni siquiera Alberto— sabía que la oposición tenía el plan de hacer un conteo de los votos, usando las copias oficiales de los escrutinios. En las horas siguientes, a Alberto lo contactó la persona designada como el “radar” de su grupo de testigos, alguien del comando de campaña de Edmundo González a cargo de recolectar y resguardar las actas electorales. Había uno en cada municipio del país. Ellos se encargarían de resguardar los documentos en centros de acopio y luego los trasladarían a Caracas. Esa persona que lo llamó le dijo quién iría, el lunes 29 bien temprano, a buscar el acta que él tenía. Fue luego de haberla entregado, a eso de las 10:00 de la mañana, que vio aquel carro verde estacionado a las afueras de la casa en la que vivía con sus padres y su hermano.

Dos hombres, ambos con tapabocas, uno de ellos con capucha y el otro con gorra, se bajaron y tocaron a la puerta. 

El hermano menor de Alberto abrió. 

Los sujetos dijeron que habían recibido una llamada por una avería del servicio de internet en la casa. Mencionaron a Alberto. El muchacho sabía que no era cierto. ¿Cuál servicio de internet? Ellos tenían conexión. No habían hecho ningún reporte. Era muy extraña aquella visita. Suspicaz, comenzó a hacerle preguntas: 

“¿Por qué están con los rostros cubiertos?”.

“¿Por qué su vehículo no tiene identificación?”.

“¿Quiénes son ustedes?”.

Quizá sorprendidos, los hombres solo dijeron que eso no era relevante. 

El hermano de Alberto cerró la puerta, pero los supuestos técnicos volvieron a tocar. Como nadie abrió, se retiraron hacia el vehículo, y desde allí hicieron fotos a la casa. Los vieron desde la ventana. 

Ese lunes, que comenzó opaco y silente, se fue convirtiendo en una vorágine. Mucha gente salió a protestar en contra de los resultados ofrecidos por el CNE. La página web del organismo estaba caída desde la noche anterior. No había forma de que los ciudadanos constataran, mesa por mesa, cómo había sido la votación. Había indignación. A la incertidumbre se le sumó el miedo porque, en procedimientos irregulares y arbitrarios, las fuerzas de seguridad del Estado comenzaron a llevarse detenidos a cientos y cientos de personas que protestaban. Algunas ni siquiera estaban manifestando e igual las detuvieron. 

En esos días, a la casa de Alberto siguieron llegando vehículos distintos, todos sin placa: se estacionaban al frente, grababan, tomaban fotos.

Fotos y más fotos. 

Videos y más videos. 

Él sospechaba que eran enviados por la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim) o por el Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin), los principales cuerpos policiales que se estaban llevando a tantos a prisión.

Los vecinos se percataron de la situación, y empezaron a llamarlo para solidarizarse con él. “Oye, cuentas con nosotros”, “Si quieres te vienes a mi casa un tiempo”, “Tienes que salir de allí ya”. 

Pero Alberto sabía que el problema no era el lugar donde estuviera, el problema era él: él, que se había expuesto leyendo el resultado en su centro; él, su cara, que se había viralizado aquella noche de euforia y emoción. 

Entonces sintió que la vida, tal y como él la conocía, había cambiado.

Dejó de ir al gimnasio, dejó de salir con amigos, dejó de asomarse a la calle. Se sentía en riesgo. Alberto había estado involucrado en la campaña preelectoral, estuvo militando con Primero Justicia desde muy joven, y había dedicado gran parte de su juventud a investigar sobre el pasado histórico de Venezuela para entender su presente, y defenderlo con mayor propiedad. 

No dejaba de publicar mensajes en redes sociales, pero sí tenía miedo. Más bien pánico. Comenzó a escuchar que a muchas personas les habían anulado el pasaporte, entonces revisó en el sistema del Servicio de Identificación, Migración y Extranjería, y vio, en letras rojas, la palabra “Anulado”.

¿Por qué? ¿Cómo podía ser posible? Su ansiedad aumentó.

El 10 de agosto notó que afuera de su casa había una camioneta de color dorado y con vidrios oscuros. Pero había algo diferente: ese vehículo tenía placa, a diferencia de todos los anteriores que había visto. Anotó el serial. ¿Qué hacer con el dato?, se preguntaba. Se le ocurrió contactar a un viejo amigo que tenía contactos en la policía. Le contó la situación, y este se dispuso a verificar la placa en el sistema policial. Luego, en una llamada fugaz desde un número desconocido, el mismo amigo, a quien reconoció por su voz, le dijo:

“Esa camioneta va por ti, tu detención es inminente y te llevarán al Helicoide, sal de tu casa si puedes”. 

No tuvo oportunidad de hacer preguntas. Del otro lado colgaron de inmediato. Alberto se reunió con sus padres, les contó de aquella llamada, les explicó la gravedad de la situación y, en menos de media hora, organizó una maleta con algo de ropa y unos cuantos artículos de uso personal. 

Tenía que irse lejos, muy lejos. 

Esa noche, desconectó su teléfono (extrajo del aparato la SIM card para que no pudieran rastrearlo) y se despidió de su familia sin la certeza de cuándo iba a poder comunicarse de nuevo con ellos. 

Con la oscuridad de la madrugada, salió por el portón trasero de su casa. 

Se fue al hogar de un buen amigo, quien se ofreció a darle posada. Al amanecer, otro amigo pasó por él, y lo dejó en un punto desde el que emprendió el camino hacia la frontera con Colombia.

Recorrió unas 10 alcabalas entre Falcón y Zulia. Temblaba cada vez que pasaba por una y le hacían bajar el vidrio. 

—Buenos días —balbuceaba, tenso y lleno de temor. 

Volvía a respirar cada vez que el funcionario le decía: 

—Siga adelante. 

En la última alcabala, en Zulia, le pidieron su cédula de identidad. Sintió que hasta ahí había llegado. Que lo iban a detener. ¿Por qué? ¿Cuál fue el delito que cometió? ¿Cómo es que tenía que huir así, como un delincuente?

“Es absurdo”, se respondía a sí mismo. 

En un sistema online del registro policial nacional el funcionario ingresó los datos de Alberto. 

Lo miró fijamente.

Le preguntó su nombre y apellido. 

Alberto creyó que no podría escapar de esta alerta. 

Pasaron tres segundos.

Tres segundos infinitos.

Hasta que, viéndolo fijamente a la cara, el funcionario le dio la orden de que avanzara. 

A Alberto le tomó 30 minutos cruzar por un camino de tierra que conecta el estado Zulia con Colombia. Por esa trocha, no necesitaba sellar en su pasaporte la salida del territorio venezolano ni el ingreso al otro país. Al llegar a Maicao, ya del otro lado de la frontera, se sintió en un piso firme por primera vez después de tantos días.

Tan pronto pudo, compró una SIM card desechable y llamó a su casa. 

Habían pasado 20 horas desde que se fue. 

—Lo logré, estoy bien —le dijo su madre apenas le escuchó la voz. 

Al colgar, se sentó en un banquillo y durante varios minutos estuvo meditando sobre qué hacer. Revisó su lista de contactos en el teléfono, y así recordó a un amigo que durante la última semana de incertidumbre que vivió en Venezuela lo llamó para poner a su disposición su casa en Medellín. Alberto le había dicho que no era necesario, pero ahora el escenario había cambiado. 

Lo llamó. Le dijo que se fuera a su casa, que lo esperaba gustosamente. 

Eso hizo y al llegar grabó un video testimonial en el que relató la historia que acababa de vivir. No lo publicó. Lo dejó en la galería de su teléfono. Se dijo que mejor esperaba el momento correcto. Tenía miedo de que, por ese material, fueran a buscar a sus padres o a su hermano.

En las siguientes horas Alberto se dedicó a pensar a dónde ir. Su paso por Colombia era transitorio. Contactó a varios amigos que, tras cruzar la selva del Darién, habían llegado a Estados Unidos.

—¿Qué me aconsejas hacer? —le preguntó a cada uno.

—Ni se te ocurra hacerlo —dijeron.

Le contaron sobre su experiencia atravesando ese camino que se ha convertido en una ruta de la muerte para cientos de migrantes. El tercero de ellos sugirió que se fuera a España. Alberto siguió investigando y, días después lo decidió: se iría Madrid.

En la salida del aeropuerto de Colombia fue donde entendió que su pasaporte solo está anulado en Venezuela. Ya otros conocidos se lo habían comentado, pero él sabía que se trataba de un riesgo que debía correr. Como no contaba con el sello de ingreso a ese país, le pusieron una multa. Pero qué importaba. Alberto, aliviado, abordó el avión, y en ese instante antes del despegue, decidió tuitear su video testimonial: podía usar ese material para solicitar asilo en España.

Al llegar al aeropuerto de Barajas, en Madrid, su teléfono reventó de notificaciones, algunos amigos, familiares y conocidos solidarizándose con él, y unos cuantos insultos en sus DM de X de personas identificadas con el chavismo. Acudió a la policía nacional para indicar su situación y le aconsejaron acudir al Departamento de Migraciones. 

El expediente de Alberto está en trámite desde octubre de 2024, a la espera de una resolución sobre su asilo. 

Alberto desistió de ejercer su carrera de abogado en Venezuela. Lo intentó, pero se tropezó con las deficiencias del sistema de justicia. Durante su primer año laborando en una firma, por ejemplo, se percató de que muchos avances y procesos eran resueltos con pagos fuera de la ley. Estaba en desacuerdo. Fue en parte por eso que prefirió dedicarse a otra cosa: asumió algunos proyectos de marketing, que ha podido continuar ejecutando desde Madrid. 

En este nuevo mundo, se ha despertado en él el deseo de ayudar a visibilizar lo que ocurre en su país: acude a todas las convocatorias y concentraciones de venezolanos en el corazón de la ciudad. Se relaciona con hijos y familiares de perseguidos y presos políticos, y sobre todo continúa activo en X, desde donde enfrenta a influencers que defienden la administración de Maduro. Y precisamente por esas respuestas tan bien documentadas que ha planteado en esta red social, lo han invitado a programas de debate en televisión nacional. 

“Yo todas las semanas sueño con que vamos a tener las noticias que todos queremos, y no pierdo la esperanza de que eso sea así. Mientras, como dije en mi testimonio, yo creo que puedo hacer más por la libertad de Venezuela desde el exterior, aunque sea poco, que lo que pude haber hecho si estuviera preso”.

 

 

Alberto es un seudónimo para resguardar la identidad del protagonista de esta historia.

 

La Hora de Venezuela

Mis redes sociales:
Logotipo Grupo La Vida de Nos
Logotipo Premio lo Mejor de Nos
Logotipo El Aula e-Nos
Logotipo Emotio
Logotipo La Vida de Nos