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Se sienta a escuchar el canto de esos pájaros 

Joshua De Freitas | 8 feb 2025 |
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Dentro de un zoológico de Turmero, estado Aragua, la organización no gubernamental Provita acondicionó un espacio idóneo para el hábitat de cardenalitos, una especie que por la deforestación y el tráfico ilegal está en peligro crítico de extinción. Allí han nacido varias camadas de polluelos. Enrique Azuaje es uno de los que se ha encargado de cuidarlos. 

FOTOGRAFÍAS: SAMUEL BEOMON Y JESHUA NIEVES 

Enrique Azuaje tiene un recuerdo remoto sobre su infancia: el canto de un cardenal coriano. Esa melodía quedó por siempre tatuada en su memoria. Era mayo de 1988, estaba cumpliendo 3 años de edad y festejaban en la casa de sus abuelos, en Valencia, estado Carabobo, la ciudad donde él siempre ha vivido. En la mesa de dulces, cerca de la torta, había una jaula enorme. Dentro, ese pájaro rojo bermellón que alzaba su pequeña cresta y cantaba con silbidos lentos y agudos.

Abrumado por la belleza del animal, el niño no dudó en preguntarle a su madre sobre esa criatura. Ella le explicó que era un cardenal coriano. Y que sus tíos, coleccionistas de aves, lo habían llevado. Desde entonces, Enrique se obsesionó con los pájaros. Cuando pudo aprender a leer de forma fluida, no soltaba las enciclopedias de animales. Y le encantaba visitar a sus abuelos para ver al cardenal. A los 10 años decía que quería aprender más sobre ese pájaro. A los 12 años ayudaba a criar a un par de periquitos australianos. Pasó su adolescencia cuidando de aves que tenía su familia, escuchando sus trinos. 

Al llegar al liceo, los padres de Enrique le aconsejaron que se hiciera técnico medio en electricidad, porque tendría más oportunidades para estudiar y trabajar sin salir de la ciudad. Pero si no se graduaba como bachiller en ciencias, no tendría oportunidad de estudiar veterinaria o medicina, las carreras que a él le interesaban. La única universidad cercana que ofrecía veterinaria quedaba a kilómetros de donde vivía y su familia no podía costear los viajes o una residencia.

Él, sin embargo, obedeció a sus padres: al graduarse de ese colegio como técnico medio en electricidad, en 2003, ingresó en la Universidad de Carabobo a estudiar ingeniería eléctrica. Mientras, por la inquietud que lo había acompañado desde siempre, comenzó, a sus 22 años, como ayudante en una clínica veterinaria en la ciudad. Le dieron la oportunidad porque él le contó al socio de esa clínica, Ernesto Boede, y a su esposa, la doctora veterinaria Nancy Sánchez, que ya tenía experiencia cuidando a las aves de su familia. 

Le iba bien en la universidad, pero estaba insatisfecho.

Y a pesar de que iba muy avanzado en la carrera, en 2007 se retiró para volver a cursar parte de la secundaria: estaba dispuesto a obtener su título como bachiller en ciencias. Lo que aprendía en los libros de biología lo practicaba con el doctor Boede y su esposa en la clínica veterinaria. A Enrique le encantaba especialmente cuidar las aves de ornamenta, es decir, especies como los periquitos o canarios.

En 2011, presentó la prueba para optar a un cupo en la carrera de veterinaria, en la sede de la Universidad Central de Venezuela ubicada en Maracay, una ciudad a una hora por carretera de su casa. Y cuando supo que había sido seleccionado, celebró con mucha emoción: por fin tenía la certeza de que estaba en el lugar correcto. 

Enrique cuidó de periquitos, loros y canarios, pero también estudiaba sobre la conservación de muchas especies animales, gracias a que el doctor Boede era especialista: el veterinario viajaba a ayudar a activistas y biólogos a proteger al caimán del Orinoco, un reptil en peligro crítico de extinción que solo vive en los llanos de Venezuela y de Colombia. 

Por todo ello, al joven Enrique no le sorprendió cuando, a principios de 2019, su maestro le sugirió que se uniera a un proyecto de conservación: 

—Mira, vi por ahí que la ONG Provita está sacando un programa para cuidar a los cardenalitos. Considero que eres bueno para esto. Como a ti te gustan las aves, puedes ir para allá.

El cardenalito —como se le conoce a la especie Spinus cucullatus en Venezuela— era un ave que Enrique solo había visto en fotografías y libros. Su color bermellón era más intenso que el cardenal coriano, pero sus alas, su cola y su cabeza son de color negro. Como la mayoría de las aves, los machos son más coloridos que las hembras. Viven en pequeñas poblaciones en los bosques húmedos y las zonas áridas del norte y del oeste del país. Aunque es una especie endémica, apenas se ven ejemplares, ya que está en peligro crítico de extinción desde 1952. 

En la década de 1980, los biólogos venezolanos estimaban que había 800 cardenalitos a lo largo del territorio, pero temían que en realidad fueran menos. Desde 1982, las leyes venezolanas sancionan a las personas que capturan y venden cardenalitos. La comunidad científica venezolana ha denunciado que la tala de los árboles y el tráfico ilegal del ave para tenerla de colección, de ornamento, eran las causas principales de su desaparición. 

Los cardenalitos son una especie poco estudiada debido a su población reducida. En los zoológicos extranjeros no hay muchos ejemplares y en Venezuela la cuenta aún es incierta, aunque se sabe que en hábitats naturales se reúnen en grupos alrededor de 18 individuos. 

Por ello, en 2015 el Instituto Smithsonian y Provita comenzaron a estudiar la presencia del cardenalito en el país. Fue precisamente ese proyecto al que se sumó Enrique en 2019, poco antes de recibir su título como veterinario. Le permitieron incorporarse como asistente de investigación, para monitorear y entender la que es la amenaza más frecuente —y silente— de la especie.

Su primera tarea era contactar a los coleccionistas y criadores de aves con cardenalitos fuera de Venezuela, para saber cómo los conseguían, cómo los mantenían, qué edad tienen los coleccionistas. Contactó a gente oriunda de Indonesia, Italia, España, Estados Unidos, Australia… Más de 200 coleccionistas en más de 20 países tenían al menos una pareja de cardenalitos como mascota (o que usaban para llevarlos a competir en concursos de belleza de aves). Pudo comunicarse con ellos en inglés.

—Sabes que el cardenalito está en peligro crítico de extinción, ¿no? —preguntó a varios.

—¡¿Qué?! No, para nada. Son tan bellos, son mis pájaros más consentidos. Los tengo en una jaula amplia, los alimentos con lo mejor…

Todos los cuidadores le daban una respuesta similar: no tenían idea de la amenaza que rodeaba al cardenalito.

Enrique entendía su amor por cuidar aves (como su familia), pero saber que esos cardenalitos muy probablemente salieron de sus ecosistemas venezolanos, lo ofuscaba.

A mediados de 2019, el equipo de Provita recibió dos cardenalitos rescatados por funcionarios gubernamentales. Eran dos machos. Estaban en buen estado. Enrique no estaba presente en ese momento, pero le dijeron que un funcionario de la policía los entregó luego de un decomiso al interceptar una venta clandestina. 

Los biólogos y veterinarios sabían que la ley venezolana solo le imponían multas o servicio comunitario a quienes traficaran cardenalitos. Es decir, esas personas quedarían detenidas por poco tiempo. Quizá regresarán a las zonas protegidas de Lara, en el occidente de Venezuela, para seguir cazando: allí es donde se encuentra la mayor población de cardenalitos conocida hasta ahora. 

Pusieron a los dos cardenalitos en cuarentena, en una habitación pequeña y esterilizada para hacerle exámenes médicos. Decidieron que a todos los cardenalitos los identificarían con un brazalete y un número único y al azar, no con un nombre. Era un modo de evitar encariñarse con ellos. 

Con los años descubrieron que uno de los cardenalitos era ciego: se tropezaba con las ramas y con los tazones de comida. A ese lo identificaron con el número “53” (pese a la norma, lo apodaron El cieguito).

El lugar donde cuidarían a los cardenalitos sería un centro de conservación dentro del zoológico Doctor Leslie Pantin, ubicado en Turmero, Aragua, también a una hora de carretera desde la casa de Enrique. Escogieron ese lugar porque la institución tiene décadas bajo programas de protección con otros animales en peligro de extinción y educación ambiental. Es un lugar de patios amplios en el que las aves pueden volar a sus anchas. Sería lo más cercano a un ambiente natural.

Con los meses le llegaron más cardenalitos al zoológico: algunos se los daban la policía por incautaciones de tráfico animal, otros llegaban por personas que los tenían de mascotas en sus casas y se iban de Venezuela.

Los veterinarios y biólogos les preguntaban a la gente si sabían que la especie estaba en peligro de extinción. 

La mayoría respondía que no.

En 2020 el centro de conservación tenía 12 cardenalitos.

El Cieguito ya no se tropezaba tanto en su jaula (siempre y cuando Enrique y su equipo no le movieran las tazas de agua y comida y las ramas en las que se apoyaba).

Llegó otro cardenalito macho, un poco más grande que el resto y le pusieron “08”. Al ver el aspecto de su plumaje y pico más opacos, concluyeron que era más viejo que el resto: tendría unos 9 años (cuando el promedio llega hasta los 7). Lo apodaron El Viejito. Volaba por todas partes, danzaba junto a los demás. Entre el grupo también destacaba “22”, un cardenalito hembra (que tiene colores pardos y un rojo más pálido que los machos) que desde el primer día buscaba sus semillas: no esperaba que los cuidadores le dieran la comida. Ya tenía alrededor de 5 años, edad en la que la especie llega a su madurez sexual. 

Pero la reproducción del cardenalito no es tarea fácil.

Enrique y su equipo saben que los Spinus cucullatus tardan hasta dos años en adaptarse al “cautiverio”. No fue sino hasta 2022 cuando los pájaros empezaron a hacer los vuelos de cortejo. 

El Viejito volaba entre las hembras y los cardenalitos más jóvenes lo seguían. 

Él, por su edad, ya no podía reproducirse. Pero los más jóvenes empollaron 16 huevos. La especie normalmente cría 2 o 3 pichones por nido.

Los huevos se incubaron por 13 días. Enrique y sus compañeros estaban nerviosos: era la primera vez que se documentaba algo así en el país.

¿Estos vivirían? 

Un día de junio de 2022 amaneció con un sonido distinto:

Durante ese amanecer, Enrique escuchó por primera vez los píos de los polluelos. 

La primera camada de cardenalitos en cautiverio con fines de conservación en Venezuela, o al menos la primera de la que se tiene registro, llegó con los silbidos cortos y silenciosos de 16 cardenalitos recién nacidos. 

“22” fue una de las primeras en empollar. Ella salía del nido a buscar semillas para alimentar a sus crías. Otros cardenalitos hembra no se atrevían a dejar a sus polluelos y se quedaban en sus nidos, aunque pasaran hambre. La supervivencia de la camada fue del 60 por ciento: sobrevivieron 10 polluelos.

Enrique y su equipo decidieron tomar acciones para mejorar la supervivencia de la especie: Se dieron cuenta de que al centro de conservación le faltaban más especies vegetales, más espacio y una dieta más variada de semillas. 

Los cardenalitos exigían más integración con la naturaleza y el resto del zoológico. Pero, al mismo tiempo, los ejemplares parecían enfermarse con regularidad por insectos como los pulgones que conviven con las plantas. 

También decidieron no intervenir mucho en el proceso de crianza entre las hembras: debían aprender entre ellas, como pasó con El Viejito y los machos. 

Los ajustes en el aviario se hacían poco a poco: abrir más las jaulas de las aves, plantar nuevos árboles y arbustos, construir mallas antiáfidos (contra los pulgones).

Ya era 2023 cuando empezó la segunda temporada de cortejo. El Viejito volvió a enseñarles a los jóvenes cómo acercarse a las hembras. Esta vez, las madres siguieron más de cerca la rutina de “22”. “El cieguito”, debido a los cambios en su espacio, tropezaba con más frecuencia y los cuidadores descubrieron que limpiar al menos una vez al día sin mover mucho el entorno era un hábito que también reducía las enfermedades en la especie. 

En esa segunda camada se empollaron 15 huevos y solo murió 1 polluelo. 

Cada vez que un cardenalito fallece, Enrique recuerda por qué tienen la regla de no ponerles nombres. 

A finales de 2023, El Cieguito murió de vejez y los cuidadores se pusieron muy tristes. Solo al ver cómo “22”, El Viejito y otros cardenalitos se enseñaban entre sí, tal como los expertos se enseñaban también entre ellos, entendían que cada cardenalito del centro de conservación deja un legado.

Los ajustes del centro de conservación terminaron en 2024. Meses después los cardenalitos empezaron el cortejo de su tercera camada. Ya había 70 ejemplares. Esta vez los machos cortejan sin tanta ayuda de El Viejito y las hembras siguieron los hábitos de “22”. 

Sin mucha intervención humana y con espacios amplios, ventilados y llenos de follaje, empollaron 47 huevos y sobrevivieron 38 polluelos. Los expertos considerarían a esta tercera bandada como la primera en nacer en aviaros abiertos con fines de conservación. Sería el primer paso entre criar cardenalitos completamente en cautiverio y en su hábitat natural.

Enrique celebró con más trabajo: alimentaba a los polluelos con pastas de semillas mientras hacen chequeos médicos a sus madres.

Al menos dos veces a la semana, Enrique se queda todo el día en el centro de conservación, duerme cerca de los cardenalitos para alimentarlos y limpiar su jaula apenas salga el sol. Todas las mañanas, antes de limpiar los espacios de las aves, se sirve un café, se sienta en el espacio donde están los cardenalitos y los observa para ver cómo se comportan: a cuáles plantas se acercan, a qué flores se acercan más, cómo se comportan los machos dominantes… Y en medio de esa rutina, escuchar su canto, esa melodía rítmica. 

Los pájaros parecen intercambiar notas cortas con silbidos largos. Tonos agudos con otros un poco más graves. Así forman un contrapunteo. 

Enrique sabe que él y su equipo tienen mucho que hacer: primero deben registrar por escrito sus hallazgos y planificar las nuevas expediciones para estudiar a los pocos cardenalitos en sus hábitats naturales. 

La tarea no será fácil: las condiciones de supervivencia de los cardenalitos siguen comprometidas en su hábitat natural. Enrique y todo el equipo de la Iniciativa Cardenalito ya tienen preparado un plan para proteger a estas aves cuando sea el momento propicio de liberarlos: le enseñan a caficultores de la zona a identificar y cuidar a esta especie endémica de Venezuela.

Pero por ahora sigue educando a otras personas sobre el cardenalito. 

Espera que algún día los niños puedan escucharlos. Y maravillarse.

Como él, hace tanto tiempo, en aquel día remoto de su infancia. 

 

Joshua De Freitas

Comunicador social egresado de la Universidad Central de Venezuela y músico en formación. Siempre he pensado que la vida es como una fuga de Bach: una obra en donde varios sujetos cuentan una historia de manera única. Mi meta es narrar ese contrapunto lo mejor que pueda. #SemilleroDeNarradores
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